La Laguna conserva casi intacto su primitivo trazado urbano. Este trazado influyó en la disposición urbanística de diversas ciudades del Nuevo Mundo, dadas las relaciones de las Islas con América.
Las cubiertas de teja del país, las franjas esquineras de piedra de las antiguas casas y casonas, la carpintería de madera de pino canario (tea) de puertas y ventanas, así como los balcones y los miradores o ajimeces monjiles de Santa Catalina, dan a sus calles, rectas y espaciosa, un sello inconfundible, que se prolonga en sus plazas y parques.
Entre las plazas destaca la del Adelantado, con su bella fuente central de mármol de Carrara (1870), rodeada de nobles edificios como el Consistorio, el convento de clausura de las Catalinas, el Palacio de Navas, la casa del Beato José de Anchieta, el palacio de Justicia, la ermita de San Miguel, la antigua casa de los marqueses de Celada (hoy reconvertido en el Hotel Nivaria) y el mercado municipal.
Otras plazas son la de La Concepción, o la gran explanada de San Francisco. Destacan también los parques públicos de La Constitución y Los Dragos. En la calle de Nava y Grimón, frente al convento de monjas clarisas, puede admirarse un soberbio ejemplar de drago canario.
La Laguna es ciudad de torres y espadañas, de campanarios y de repiques litúrgicos. La torre de La Concepción, de planta cuadrada, construida a finales del s. XVII, es el referente máximo de la ciudad y su símbolo visual más destacado.